martes, 18 de octubre de 2011

La Araucana . Segundo Fragmento

Arauco necesitaba un Lider, gracias a la sabia intervención del Cacique Colo Colo no hubo derramamiento de sangre entre jefes araucanos, para ello propuso una competencia.


¿Qué furor es el vuestro, ¡oh araucanos!,
que a perdición os lleva sin sentillo?
¿Contra vuestras entrañas tenéis manos,
y no contra el tirano en resistillo?
Teniendo tan a golpe a los cristianos
¿volvéis contra vosotros el cuchillo?
Si gana de morir os ha movido
no sea en tan bajo estado y abatido.
Volved las armas y ánimo furioso
a los pechos de aquellos que os han puesto
en dura sujeción, con afrentoso
partido, a todo el mundo manifiesto;
lanzad de vos el yugo vergonzoso,
mostrad vuestro valor y fuerza en esto,
no derraméis la sangre del Estado
que para redemirnos ha quedado.
No me pesa de ver la lozanía
de vuestro corazón, antes me esfuerza,
mas temo que esta vuestra valentía
por mal gobierno el buen camino tuerza;
que, vuelta entre nosotros la porfía,
degolláis vuestra patria con su fuerza;
cortad, pues, si ha de ser desa manera,
esta vieja garganta la primera.
Que esta flaca persona, atormentada
de golpes de fortuna, no procura
sino el agudo filo de una espada
pues no la acaba tanta desventura.
Aquella vida es bien afortunada
que la temprana muerte le asegura,
pero a nuestro bien público atendiendo,
quiero decir en esto lo que entiendo.
Pares sois en valor y fortaleza,
el cielo os igualó en el nacimiento;
de linaje, de estado y de riqueza
hizo a todos igual repartimiento;
y en singular por ánimo y grandeza
podéis tener del mundo el regimiento,
que este gracioso don no agradecido
nos ha al presente término traído.
En la virtud de vuestro brazo espero
que puede en breve tiempo remediarse;
mas ha de haber un capitán primero,
que todos por él quieran gobernarse.



Este será quien más un gran madero
sustentare en el hombro sin pararse,
y pues que sois iguales en la suerte,
procure cada cual de ser más fuerte».
Ningún hombre dejó de estar atento
oyendo del anciano las razones;
y puesto ya silencio al parlamento
hubo entrellos diversas opiniones;
al fin, de general consentimiento
siguiendo las mejores intenciones,
por todos los caciques acordado
lo propuesto del viejo fue acetado.
Podría de alguno ser aquí una cosa
que parece sin término notada,
y es que una provincia poderosa,
en la milicia tanto ejercitada,
de leyes y ordenanzas abundosa,
no hubiese una cabeza señalada
a quien tocase el mando y regimiento,
sin allegar a tanto rompimiento.
Respondo a esto que nunca sin caudillo
la tierra estuvo, electo del senado;
que, como dije, en Penco el Ainauillo
fue por nuestra nación desbaratado,
y viniendo de paz, en un castillo
se dice, aunque no es cierto, que un bocado
le dieron de veneno en la comida,
donde acabó su cargo con la vida.
Pues el madero súbito traído,
no me atrevo a decir lo que pesaba,
que era un macizo líbano fornido
que con dificultad se rodeaba.



Paicabí le aferró menos sufrido,
y en los valientes hombros le afirmaba;
seis horas lo sostuvo aquel membrudo
pero llegar a siete jamás pudo.
Cayocupil al tronco aguija presto,
de ser el más valiente confiado,
y encima de los altos hombros puesto
lo deja a las cinco horas de cansado;
Gualemo lo probó, joven dispuesto,
mas no pasó de allí y esto acabado,
Angol el grueso leño tomó luego;
duró seis horas largas en el juego.
Purén tras él lo trujo medio día,
y el esforzado Ongolmo más de medio;
y cuatro horas y media Lebopía,
que de sufrirlo más no hubo remedio.
Lemolemo siete horas le traía,
el cual jamás en todo este comedio
dejó de andar acá y allá saltando
hasta que ya el vigor le fue faltando.
Elicura a la prueba se previene
y en sustentar el líbano trabaja;
a nueve horas dejarle le conviene
que no pudiera más si fuera paja;
Tucapelo catorce lo sostiene
encareciendo todos la ventaja;
pero en esto Licoya apercebido
mudó en un gran silencio aquel ruido.
De los hombros el manto derribando
las terribles espaldas descubría,
y el duro y grave leño levantando
sobre el fornido asiento lo ponía;
corre ligero aquí y allí mostrando
que poco aquella carga le impedía.
Era de sol a sol el día pasado
y el peso sustentaba aún no cansado.
Venía apriesa la noche, aborrecida
por la ausencia del sol, pero Diana
les daba claridad con su salida,
mostrándose a tal tiempo más lozana.
Lincoya con la carga no convida,
aunque ya despuntaba la mañana,
hasta que llegó el sol al medio cielo,
que dio con ella entonces en el suelo.
No se vio allí persona en tanta gente
que no quedase atónita de espanto,
creyendo no haber hombre tan potente
que la pesada carga sufra tanto;
la ventaja le daban juntamente
con el gobierno, mando y todo cuanto
a digno general era debido,
hasta allí justamente merecido.
Ufano andaba el bárbaro y contento
de haberse más que todos señalado,
cuando Cupolicán aquel asiento,
sin gente, a la ligera, había llegado;
tenía un ojo sin luz de nacimiento
como un fino granate colorado,
pero lo que en la vista le faltaba,
en la fuerza y esfuerzo le sobraba.
 
Era este noble mozo de alto hecho
varón de autoridad, grave y severo,
amigo de guardar todo derecho,
áspero y riguroso, justiciero;
de cuerpo grande y relevado pecho,
hábil, diestro, fortísimo y ligero,
sabio, astuto, sagaz, determinado,
y en casos de repente reportado.
Fue con alegre muestra recebido,
-aunque no sé si todos se alegraron-;
el caso en esta suma referido
por su término y puntos le contaron.
Viendo que Apolo ya se había escondido
en el profundo mar, determinaron
que la prueba de aquél se dilatase
hasta que la esperada luz llegase.
Pasábase la noche en gran porfía
que causó esta venida entre la gente;
cuál se atiene a Lincoya y cuál decía
que es el Caupolicano más valiente.




Apuestas en favor y contra había;
otros, sin apostar, dudosamente,
hacia el oriente vueltos aguardaban
si los febeos caballos asomaban.
Ya la rosada Aurora comenzaba
las nubes a bordar de mil labores
y a la usada labranza despertaba
la miserable gente y labradores,
y a los marchitos campos restauraba
la frescura perdida y sus colores,
aclarando aquel valle la luz nueva,
cuando Caupolicán viene a la prueba.
Con un desdén y muestra confiada
asiendo del troncón duro y ñudoso,
como si fuera vara delicada
se le pone en el hombro poderoso.
La gente enmudeció maravillada
de ver el fuerte cuerpo tan nervoso,
la color a Lincoya se le muda,
poniendo en su vitoria mucha duda.
El bárbaro sagaz de espacio andaba
y a todo priesa entraba el claro día;
el sol las largas sombras acortaba
mas él nunca descrece en su porfía.
Al ocaso la luz se retiraba
ni por esto flaqueza en él había;
las estrellas se muestran claramente,
y no muestra cansancio aquel valiente.
Salió la clara luna a ver la fiesta
del tenebroso albergue húmido y frío,
desocupando el campo y la floresta
de un negro velo lóbrego y sombrío.
Caupolicán no afloja de su apuesta,
antes con mayor fuerza y mayor brío
se mueve y representa de manera
como si peso alguno no trujera.
Por entre dos altísimos ejidos
la esposa de Titón ya parecía,
los dorados cabellos esparcidos
que de la fresca helada sacudía,
con que a los mustios prados florecidos
con el húmido humor reverdecía,
y quedaba engastado así en las flores
cual perlas entre piedras de colores.
El carro de Faetón sale corriendo
del mar por el camino acostumbrado;
sus sombras van los montes recogiendo
de la vista del sol, y el esforzado
varón, el grave peso sosteniendo,
acá y, allá se mueve no cansado,
aunque otra vez la negra sombra espesa
tornaba a parecer corriendo a priesa.
La luna su salida provechosa
por un espacio largo dilataba;
al fin, turbia, encendida y perezosa,
de rostro y luz escasa se mostraba.
Paróse al medio curso más hermosa
a ver la estraña prueba en qué paraba,
y viéndola en el punto y ser primero
se derribó en el ártico hemisfero,
y el bárbaro, en el hombro la gran viga,
sin muestra de mudanza y pesadumbre,
venciendo con esfuerzo la fatiga
y creciendo la fuerza por costumbre.
Apolo en seguimiento de su amiga
tendido había los rayos de su lumbre
y el hijo de Leocán, en el semblante
más firme que al principio y más constante.
Era salido el sol, cuando el inorme
peso de las espaldas despedía,
y un salto dio en lanzándole disforme,
mostrando que aún más ánimo tenía;
el circunstante pueblo en voz conforme
pronunció la sentencia y le decía:
«Sobre tan firmes hombros descargamos
el peso y grande carga que tomamos».
El nuevo juego y pleito difinido,
con las más cerimonias que supieron
por sumo capitán fue recibido
y a su gobernación se sometieron.
Creció en reputación, fue tan temido
y en opinión tan grande le tuvieron,
que ausentes muchas leguas dél temblaban
y casi como a rey le respetaban.
Es cosa en que mil gentes han parado
y están en duda muchos hoy en día,
pareciéndoles que esto que he contado
es alguna fición y poesía;
pues en razón no cabe que un senado
de tan gran diciplina y pulicía
pusiese una elección de tanto peso
en la robusta fuerza y no en el seso.
Sabed que fue artificio, fue prudencia
del sabio Colocolo, que miraba
la dañosa discordia y diferencia
y el gran peligro en que su patria andaba,
conociendo el valor y suficiencia
deste Caupolicán que ausente estaba,
varón en cuerpo y fuerzas estremado,
de rara industria y ánimo dotado.

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